Rese 1

15.5

 

 

 

Raul VegaRaúl Vega

 

En mi barrio había un niño que tenía un balón de reglamento, el del símbolo Nike de la Liga. Todos nos volvíamos locos por golpear aquel esférico que ya golpeaban en nuestros televisores Ronaldo, Raúl, Fernando Hierro, Figo o Rivaldo. El muchacho llegaba con su balón debajo del brazo y lo ponía en el centro. Comenzaba el macro partido en la calle. Si las cosas le iban bien a su equipo, el partido podía durar hasta la noche. Si su equipo perdía de tupa, cogía el balón y se iba. Se acabó el partido. Teníamos que sacar el balón de fútbol sala, pesado y difícil de golpear con triangulitos blancos y negros. Si él decía que una jugada era falta, lo era, si no se iba. Si un gol fantasma había entrado y él decía que no, no era gol. Él tenía el balón, él marcaba las reglas y los tiempos. Cuando el balón empezó a dejar de ser exclusivo, él perdió poder. Pero pronto apareció con el esférico del Mundial 98 que nosotros veíamos patear con enorme destreza a Zinedine Zidane.

¿Quién tiene el patrimonio de las víctimas? ¿Quién pone las reglas del juego, de lo que está permitido y lo que no? El dueño del balón. Todo esto viene a cuento del reciente homenaje del Gobierno de España a las víctimas del nazismo en Mauthausen. En dicho homenaje también estuvo la Generalitat de Cataluña, honrando a sus asesinados. Pero a la directora general de Memoria Demócratica de la Conselleria de Justicia de la Generalitat, Gemma Domènech, no le dio por otra cosa que recordar al anterior conseller del ramo, Raúl Romeva, actualmente en prisión preventiva. La ministra de Justicia, Dolores Delgado, abandonó en ese momento el acto. Un hecho que cuentan de una forma bien distinta El País y El Nacional.cat. Los columnistas de cabecera del españolismo, entre los que se encuentran varios progres, han criticado duramente la actitud de Domènech por ser inapropiada y fuera del ámbito del homenaje.

El nacionalismo español es el más excluyente de todos los que coexisten en el estado español. Asimila, ordena, ejecuta y tiene el poder en todas las esferas. Delgado se apresuró a indicar que Romeva estaba teniendo un juicio justo, faltaría más, pero no aceptó la crítica de la prisión preventiva. Con todos los errores y defectos del catalanismo en es

te proceso, eso es así. Imaginen la misma situación pero al revés por un momento. Pónganse en la situación de que un representante del Estado califica el ‘procés’ como un golpe de estado, algo que ya hacen en foros públicos, declaraciones o mítines sin pudor. Incluso asimilándolo con el terrorismo, lo antidemocrático y el adoctrinamiento desde pequeños, llegando por parte de los más ultras al boicot a los productos catalanes. Si en el momento de hablar en esos términos un represente del gobierno catalán se va, seguro que es criticado también. Ellos tienen el balón, dicen cuando hay falta o cuando entra un gol, y si no les gusta el resultado se llevan el esférico y se acaba el partido. El españolismo no discute, ordena. De izquierda a derecha. Realmente la reacción de Delgado la hubiera firmado un ministro de Vox, aunque lo increíble en ese caso sería que estuvieran en Mauthausen homenajeando a las víctimas de las minorías que ellos en su mayoría odian.

Creo que atina Comín cuando acusa a Delgado de intolerante. Seguramente en las filas del PSOE, que ha sido acusado por la derecha de connivencia con el populismo de izquierda, el separatismo catalán y los ‘batasunos’, aplaudirán su reacción porque en el fondo son un partido del régimen, y como tal abrazan el nacionalismo excluyente y falto de crítica que la opinión pública defiende y alienta. No se puede pretender que los catalanes decidan quedarse en España con el odio, el anticatalanismo y el ordeno y mando por bandera, nunca mejor dicho. Cuanto más excluyente es el nacionalismo español, más independentistas habrán. Delgado acaba de dar una lección de intolerancia. Algunos hablan que no era el marco para citar este problema político, pero no se me ocurre mejor marco. Allí, en Mauthausen hay enterradas víctimas políticas de la intolerancia y el odio, que fueron asesinadas de mil y una formas. En ese sentido, criticar un atropello, en este caso judicial, es lo mínimo que por dignidad podía hacer la Generalitat. Encima Cataluña tiene sobre de su cabeza una amenaza cierta y velada de nueva aplicación, con más dureza, del artículo 155 que cercene su actividad ejecutiva propia. Las tres derechas así lo han dejado claro, pero no descarten al 100% que el PSOE, por más que Miquel Iceta sea el nuevo presidente del Senado, se tire al monte con la medida.

Ellos tienen el balón y el patrimonio de las víctimas y del discurso. Lo vemos en Canarias. Memoria Histórica sí, pero en lo concerniente a la Guerra Civil y no a la Conquista y Colonización, «eso fue hace mucho tiempo». Mucho recuerdo a las 13 Rosas y menos a los fusilados de San Lorenzo. El nacionalismo español es un rodillo de derecha a izquierda. Su recrudecimiento lo que está consiguiendo es una subida de los nacionalismos periféricos y la preferencia de los discursos menos radicales salvo en la España interior, la que menos se juega en este sentido. A mí me gustaría ver a un representante del Gobierno canario homenajear a las víctimas canarias con un discurso propio y en el se hagan paralelismos al presente, si esos atropellos tienen lugar como es el caso catalán. Llegaron a Mauthausen con el balón, lo pusieron en el centro y se inició el partido. Cuando no les gustó una acción, cogieron el balón y se fueron. Finalmente intentaron darle la vuelta a la verdadera situación ocurrida.

Raúl Vega en Tamaimos 

 
 
 

¿Qué eres, Canarias?

Ayoze Corujo Hernández

Más allá de los discursos encorsetados de los diferentes grupos políticos, elaborados de cara a sus parroquias, lo que se pudo observar en los días que duró el Debate de la Nacionalidad Canaria es que existen dos modelos de entender (o querer hacer) Canarias. Paradójico es el hecho de que, en un evento que dícese ser el debate de la “nacionalidad”, sólo en unas pocas ocasiones se formulasen las palabras “país” o “nación”, todas ellas venidas de la boca de Noemí Santana (Podemos) y Román Rodríguez (Nueva Canarias). Sólo este último consiguió que el Presidente Clavijo, en su turno de réplica, pronunciase tímidamente la palabra “país” para referirse al archipiélago.

Y es que en Canarias arrastramos un déficit de definición de lo que somos, ya sea por desavenencias entre la intelligentsia canaria, que históricamente ha necesitado del arbitraje de Madrid para llegar a puntos de acuerdos, o por la utilización instrumentalista de la realidad geográfica, por ende, ser territorios isleños y estar fragmentados, entre otras consideraciones. Esta última, a mi modo de ver, es lo que ha propiciado que los canarios estemos en continuo pleito, piques, riñas o como quieran llamarlo. La geografía, y la cartografía y los discursos que emanan de la misma, ha sido un artefacto poderoso para crear una realidad o identidad que se aleja del sentido de nación, puesto que hemos preferido enaltecer a la isla, al territorio insular, por encima del demos, del conjunto de la ciudadanía que configuramos Canarias. Expondré un símil que me parece oportuno.

En la Antigua Grecia había un conjunto de ciudades-Estados con soberanía propia. Si bien se pronunciaban a favor de una comunidad griega (Hellas), mayormente en conflictos bélicos, de ningún modo se entendía como una nación conjunta, sino que formaban una agrupación cultural y étnica. Para que se pueda configurar una nación al modo occidental, y así lo explica Anthony D. Smith en su obra “Identidad nacional”, se necesitan que converjan una serie de factores: unas instituciones comunes; la existencia de un solo código de derechos y deberes para todos los miembros de la comunidad; un espacio social definido; y un territorio bien delimitado y demarcado, donde se puedan identificar sus miembros y al que sientan que pertenecen. Así, Canarias, bien podría cumplir los aspectos de nación considerados anteriormente, si no fuera por el hecho de que el pueblo y el territorio no son congruentes, es decir, el “homeland” (la patria, la cuna) no se funde mutuamente con el pueblo. Si en la Antigua Grecia un espartano no tenía derechos en Atenas; en Canarias, un canarión será siempre un canarión aunque haya vivido la mayor parte de su vida en Lanzarote. Como señala Juan Hernández Bravo de Laguna, Catedrático en Ciencias Políticas en la Universidad de La Laguna, en Canarias carecemos de “naturalización” de ser canarios en todas las islas.

Aunque soy escéptico en considerar que exista una identidad exclusiva insular, no puedo negar que tanto las políticas como los discursos hacen que la insularidad cobre fuerza en detrimento de lo común. Un ejemplo, más allá de las retóricas insularistas de los partidos políticos, es la gestión del patrimonio cultural, etnográfico y arqueológico, en definitiva, de la historia de Canarias. La competencia en estas áreas está en manos de los Cabildos Insulares, lo que provoca que haya una disparidad en la conservación y divulgación de la misma. Se puede observar de manera explícita en la comparación entre el Risco Caído de Gran Canaria, que aspira a ser Patrimonio de la Humanidad, y el yacimiento de Zonzamas en Lanzarote, enterrado durante años sin saber muy bien qué hacer con él. Además, siguiendo la tesis del Dr. en Prehistoria José Farrujia de la Rosa, lo que ha devenido de la descentralización del patrimonio histórico es el hecho de que se ha intentado interpretar los hallazgos etnográficos de manera distinta en cada isla, construyendo realidades diversas las unas de las otras, como por ejemplo, el cuestionamiento de la homogeneidad del pueblo aborigen. La consecuencia directa que tiene descentralizar hacia los Cabildos Insulares cuestiones de tan alto calado para la construcción nacional (como la organización del territorio o la conservación de los Parques Naturales) es que inconscientemente (o conscientes de ello) se está generando “una comunidad esencial” alrededor de la isla, dejando a la Comunidad Autónoma como organismo que poco o nada influye en la vida de las personas. Una comunidad que aspire a ser una nación necesita poseer un cierto número de valores y tradiciones comunes entre la población, y un alto grado de centralización hacia una institución común. En nuestro caso, bien podría ser el Gobierno de Canarias quien abanderase la tarea de ser la institución “esencial” de todas las canarias y canarios.

Es incuestionable que los canarios sentimos nuestra tierra, poseemos un apego inverosímil a nuestras islas, puesto que, como bien dice Godfrey Baldacchino, las islas “son plataformas para el surgimiento de la identidad nacional y para la afirmación de la especificidad cultural”, lo que hace que elaboremos un estado mental muy conectado al territorio. No obstante, la dificultad radica en hacer valer ese espíritu isleño (en el sentido de Nicolás Estévanez), con una comunidad nacional que se superponga al interés insular. Cuando valoremos que lo verdaderamente importante son las personas que conformamos esta tierra, el demos por encima del lugar, podremos hablar de nación, país, nacionalidad o Comunidad Autónoma. Mientras tanto, sólo seremos un conjunto de ciudadanos fragmentados en siete islas que no saben muy bien qué son, quiénes fueron y qué aspiran ser. @ayoze_uam

Ayoze Corujo Hernández

 

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el roto y memoria historica