Francisco denizPaco Déniz

Leyendo el esperado libro de Catherine Nixey "La edad de la penumbra", no he podido evadirme de la realidad, pues lo que ella descubre sobre el auge del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano a partir del siglo III d.C. guarda similitud con lo que barrunto. Es un libro esperado porque nos transporta al escenario-nexo entre la caída del Imperio Romano y la aparición de la Edad Media.

Ahora lo tengo más claro. La conversión al cristianismo del emperador Constantino a principios del siglo III d. C. hizo de esta la religión oficial del imperio romano. A partir de ahí se impone la destrucción del mundo grecorromano, de la filosofía, de la pluralidad religiosa, del arte, de los colorines, de Alejandría y su biblioteca, de Palmira. De hecho, si usted siempre se preguntó por qué todas las estatuas grecorromanas y su arquitectura están rotas y mutiladas o con cruces escarbadas, sepa que no es por el paso del tiempo, sino por el destrozo llevado a cabo por hordas cristianas (Parabolanos) envalentonadas que corearon algo parecido al “a por ellos” o “el novio de la muerte”. El asesinato de Hipatia, la mujer filósofa que defendió la biblioteca de Alejandría, y la primera destrucción de Palmira también es obra del movimiento cristiano, así como el exilio y la huida de la intelectualidad y las personas de costumbres desenfadadas. Solo en matemáticas, perdimos unos 1500 años de avances con la quema de tratados. Lo de Nerón fue una anécdota comparado con lo que hicieron las manadas de barbudos vestidos de negro que impusieron la cristiandad, la quema de libros, la delación, leyes mordaza y el asesinato de paganos. Casi nada. Sin embargo, lograron borrar, literal, esa historia para situarse en la posteridad como víctimas martirizadas, cuando el martirio formaba parte de su liberación.

La nueva religión oficial aprovechó para imponer un monoteísmo inaudito en aquellos tiempos, con una agresividad semejante al Daes actual, de hecho le cogieron la misma manía a Palmira y a la estatua de Atenea. Fue aquel un falangismo activo en la tarea de reescribir la historia dinamitando a martillazos la pluralidad, generando espirales de silencios y conversiones forzadas que recuerdan mucho a la ofensiva político-mediática derechista y recentralizadora. De los cientos de miles de volúmenes que quemaron los nuevos ciudadanos me duelen especialmente los de Plinio el Viejo, el que escribió sobre los antiguos canarios y la Mauretania de Juba. Hoy, muchas páginas en blanco de nuestra historia estarían llenas de luz. Pero ya saben, el fanatismo inauguró la penumbra, convirtió lo pagano en delito y celebró la ignorancia, ahora, con juras de bandera para civiles, vete tú a saber lo que celebran. Probablemente nada que no hayamos visto. No lo digo yo, lo dice Catherine Nixey. Léanla porfa.

 

 
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