Wladimiro RodriguezWLADIMIRO RODRÍGUEZ BRITO

 Los que conocemos Tenerife en los últimos 50 años, tenemos una lectura difícil de dicho territorio. El pueblo de La Guancha fue un foco de participación y libertad en el norte de la isla, en torno a su casino. Teníamos un foco de luz y compromiso con la democracia. La riqueza estaba mejor distribuida, la tierra repartida, los niños tenían más escuela, y las estructuras de poder fueron menos opresoras que en el entorno, como en Icod o San Juan de la Rambla; no digamos lo que ocurría en La Orotava y los campesinos de las zonas altas (Benijos, Camino de Chasna).

Aquí se celebró un congreso sobre papas en el que participó el director del Instituto Escocés de papas, organizado por el investigador y director del CSIC en Madrid, el doctor Antonio Bello.

Aquí nació el primer sindicato agrario en Canarias, la COAG, Calle el Sol, nº 1, promovida por Rafael Jiménez, Pedro Molina, Manuel Caballero y otros. Se presentó en el Casino de la Guancha, acto en el que intervino el primer ministro de agricultura de la democracia, Jaime Lamo de Espinosa, quien debió lidiar con los problemas con las primeras importaciones de papas inglesas para consumo local.

Esta zona en esta época fue un emporio de libertad y riqueza, con muchos universitarios, con una economía mejor distribuida. El casino, a diferencia del entorno, no era elitista, como en La Orotava, San Juan de la Rambla, la Cruz Santa.

La Guancha fue pionera también en alumbramiento y canalización de agua, comparable con Arafo y Fasnia, pueblos también de riqueza repartida. Centros de producción, como la cooperativa Fuentes de La Guancha, exportaban papas tempranas para las Islas Británicas.

Contemplar las zonas de cultivo de antaño, desde Topete, Fuente La Guancha, La Canaria, Cerro Gordo, Las Palomas, da sentimiento, pues actualmente están cubiertos de maleza, desde granadillos a zarzas y helecheras. A esto hay que añadir la devaluación de las tierras de cultivo. Actualmente se vende a 1 euro el metro cuadrado, mientras que hace unos años valía entre ocho y diez (lo que pone de manifiesto que hay una diferencia entre precio y valor, donde, por ejemplo, no se tienen en cuenta costes como el de la sorriba). Se ha devaluado el trabajo de lo nuestro, mientras comemos papas cultivadas por campesinos ingleses, chipriotas, egipcios. En el año 2000 sembramos en La Guancha 382 has de papas; en el año 2016, apenas fueron 70 has.

La maleza rodea todas las cosas. El oasis se seca, todos tenemos alguna responsabilidad, desde el sistema educativo, la familia, hasta los responsables políticos, que miran para afuera y asocian el voto con pan y circo. El vecino Manolo Reyes sacó un bando en el año 2009 requiriendo a los vecinos sobre la limpieza de los entornos de las casas y vías públicas, y sobre la retirada de maleza como lucha contra el fuego. También habló de un posible banco de tierras con aporte de semillas, y los votos lo castigaron.

Necesitamos mirar para adentro, revalorizar lo nuestro. Hoy es posible cultivar y limpiar gran parte de las medianías, no solo como elemento económico, sino, sobre todo, como un recurso ambiental. No olvidemos cómo la maleza rodea numerosos caseríos. No olvidemos lo ocurrido este año en California, con incendios en los que los medios aéreos y los bomberos no han podido con ellos.

No sigamos mirando para el exterior y marginando lo pequeño, lo próximo, lo nuestro. Otra Guancha es posible, dignifiquemos nuestra cultura, nuestro paisaje.

La crisis del oasis guanchero no se debe al cambio climático, sino al cambio cultural. Está en nuestras manos cambiar las cosas y darle valor a lo que realmente lo tiene.

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