Maria del RioMaría del Río

A finales de julio, justo en el día que tuvimos el último pleno antes de las vacaciones, me pasé por el entorno de la calle Miraflores en busca de alguna de las mujeres que ejercen la prostitución por la zona y que, según leí en un periódico, pedían ser escuchadas por alguien que pudiera ayudarlas ante el inminente derribo de los edificios donde ellas se buscan la vida (por cierto, gracias a la autora del reportaje y a quienes hacen buen periodismo).

Reconozco que para mí no fue un paso fácil, me daba cierto pudor invadir su espacio, y temía -aunque lo habría entendido perfectamente- que me miraran con reticencia y rechazo. Una siente cierta vergüenza de saberse clase privilegiada ante quienes están en los umbrales más profundos de la pobreza y exclusión social.

Ellas pasan muchísimas horas al día expuestas allí, tanto si hace frío, viento, lluvia o calor, como era el caso de ese día, protegiéndose con paraguas, que hacen las veces de sombrillas,  de un sol de justicia. Y yo, diputada, llegaba toda fresquita desde el Parlamento, a poquísimos metros de esas calles, pero otro mundo, con nuestro aire acondicionado y todos nuestros lujos ¿Cómo no van a tener todo el derecho del mundo a mirarnos mal?

Se me encogió el estómago, tremendas ganas de seguir caminando disimuladamente y pasar de largo, no pude evitar sentirme culpable de tanta desigualdad, de tanta injusticia, de lo mal que repartimos nuestros recursos en una tierra tan rica como Canarias donde no tendría que haber ni una sola persona en exclusión social.

Llevo casi tres años pasando por esa calle y pensando en estas mujeres, cómo será su vida, qué sentirán, qué pensarán, hasta qué punto la eligieron, si tienen otras alternativas, si se sienten bien o están esperando que alguien o ‘alguienes’ se preocupen un poco por ellas y pongan en marcha medidas que les permitan cambiar ese destino.

En esos segundos que estaba en la duda entre irme o quedarme, vino a mi mente el concepto de ‘matria’, esa ‘Matria Canaria’ a la que aspiramos, que acoge y cuida de toda su gente, que no dejaría nunca a nadie fuera, sin un techo, sin una comida, sin un trabajo digno.

Respiro y doy el paso, me dirijo a una de ellas, una señora un poco mayor, de cara muy triste, que está sentada en una de las pocas sombras que a esas horas dan los edificios, la saludo y pregunto si está por allí alguna de las dos chicas que hablaron con la prensa, hacía unos días, por el tema de la demolición de los edificios, me dice que sí, que está una de ellas, Camila ‘La Brasileira’.

En unos minutos aparece Camila, intentamos buscar una sombra para hablar tranquilas, pero es medio día de finales de julio y el sol quema, le propongo ir mejor a sentarnos a una terraza tranquila y tomar algo fresquito. Empezamos a hablar, ella me confiesa que se siente cohibida, que no está acostumbrada a hablar con “gente normal”. Yo también lo estoy, vivimos en mundos paralelos que, aun estando tan cerca uno del otro, es extraño y difícil que se lleguen a juntar.

Empieza a contar cosas de su vida, desde su infancia en una favela de pobreza extrema y miseria, y de como a los 12 años, aún sin tener la regla, se ve obligada a prostituirse por primera vez

Su historia, tremenda, ha sido publicada en parte en algunos medios y pronto podremos conocerla en profundidad a través de un libro que está escribiendo y que una ONG le está ayudando a traducir.

“Nos tratan como basura, aunque no todos son iguales, algunos vienen muy enfadados con sus mujeres y descargan en nosotras su ira”.

“Hacen con nosotras lo que no se atreven a hacer con ellas. Algunos dan tanto asco que entran ganas de vomitar, huelen mal, como si no se hubieran duchado nunca, si se lo insinúas se enfadan y te tratan peor, cuando se van, con el estómago revuelto, a veces vomitas todo lo que habías comido”

“Enfermedades mentales, todas acabamos así, durante meses estuve también bulímica, también tengo lapsus en los que olvido todo y no sé volver a mi casa”.

Lo quiere contar todo, la mafia que la capturó para traerla España y cómo debe trabajar un montón de años para recuperar su libertad (16.000 €), la relación entre prostitución y droga, el abuso de los proxenetas, los puteros maltratadores, los nidos de serpientes que se generan alrededor, las humillaciones, las vejaciones, los abusos de poder de quienes tienen dinero frente a las que lo necesitan.

Me cuenta que entre sus compañeras hay mujeres mayores, enfermas, obesas con dificultad para andar y con más de 65 años. “¿No crees que deberían de estar jubiladas?” Me interpela.

“Estoy nerviosa, no estoy acostumbrada a hablar con “gente normal” como tú, que eres rica, la gente rica en mi país no se sienta en una terraza de un bar a hablar con una pobre, yo vivo en mi mundo, con las mujeres que son como yo, el resto del tiempo vivo aislada, cuido a mi hija para que no le falte de nada. Vivo en el sur, mi hija no sabe nada de mi vida ni en qué trabajo.”

Intento tranquilizarla, su relato me ha impactado profundamente y creo que ella lo nota, después de más de una hora de charla hay cierta química entre las dos que nos ayuda, aunque sea por unos instantes, a romper el abismo que nos separa. Me mira a los ojos y me dice:

“Ahora ya les puedes decir a la gente que tú sí conoces a una prostituía de verdad. ¿Me vas a ayudar?”

Claro que sí, le digo, en todo lo que podamos.

En nombre de mi grupo, Podemos, prometimos poner todos los medios a nuestro alcance para ayudar tanto a “Camila” como a todas las mujeres que junto a ella se encuentran en la misma situación, en la búsqueda de alternativas que les permitan salir de esa condición de extrema vulnerabilidad y les abran el acceso a una mínima vida digna.

En este primer pleno de septiembre le preguntamos al consejero de Presidencia, Justicia e Igualdad, sobre las medidas que tienen previstas desde su Consejería para ayudar a estas mujeres que se ven obligadas a ejercer la prostitución en los edificios de la calle Miraflores, a punto de ser demolidos.

Y a cuenta de todo el debate suscitado estos días con la legalización del sindicato OTRAS y sobre la prostitución me preguntan sobre mi postura. Mi corazón es abolicionista, deseo vivir en un mundo donde ninguna mujer tenga que vender su cuerpo por necesidad, donde ningún hombre se sienta legitimado a satisfacer su deseo comprando sexo con dinero, y ninguna mujer, por dinero, se vea obligada a ofrecer un sexo que no desea.

Deseo vivir en una sociedad donde el sexo sea algo libre para mujeres y hombres, y esté basado en el deseo mutuo, recíproco y empático entre personas que se sienten en igualdad de condiciones, que quieren disfrutar y disfrutarse. Deseo que el sexo sea un bien universal, para todas y todos, libre, gratuito y a ser posible de calidad.

Ese es mi deseo, pero mientras la realidad sea otra no podemos mirar hacia otro lado, algo tendremos que hacer ante las situaciones de extrema desigualdad y violencia con las que nos encontramos, ante mujeres a las que están machacando y vulnerando sistemáticamente los derechos más básicos, ante estas mujeres que nos piden una ayuda que ni podemos, ni queremos negar.

Y en eso estamos, lo primero es poner en marcha políticas públicas que  protejan y garanticen unas mínimas salidas dignas. Para ello, no bastan las palabras, hay que poner sobre la mesa recursos de todo tipo, porque éste es un problema que no se resuelve solo, ni estigmatizando a las mujeres que se prostituyen, ni mandándolas a fregar escaleras.

Estas mujeres tienen familias que mantener y no pueden esperar más, y por mucho que ciertos sectores se empeñen, no hay suficientes escaleras que ayuden a salir de tanta miseria ni sirvan para tranquilizar nuestras conciencias.

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